Cuando la nostalgia aprieta (pero no ahoga)
Hay veces, sólo de vez en cuando, que me pregunto el porqué mantener este espacio. No siempre encuentro algo que decir, y cuando lo tengo no siempre se cómo expresarlo. Si a eso sumamos que alguno de mis amigos cocteleros escriben mejor que el premio Planeta, y que muchas de las cosas que a mi se me ocurren vosotros las plasmáis en vuestras páginas ocurre que no entiendo muy bien por qué lo mantengo yo.
La explicación más fácil es porque me gusta tener algo propio. Un sitio donde, independientemente de la gente que lo lee, que lo visita, que lo entiende, que lo aborrece, puedo hacer lo que me de la gana. Y además he conseguido “conocer” a personas que se que nunca hubiera podido conocer de otra manera, que no se sienten condicionadas por lo que hago, sino por lo que digo.
He aprendido a echar de menos un lugar que en realidad no existe. (Éste)
Y la historia viene a cuenta porque a veces (muchas veces) me ocurren pequeños terremotos emocionales que me hacen venir corriendo a contar las cosas que quiero sacar de dentro.
Ayer me enteré que en el pueblo donde comenzó mi caótica vida laboral ha vuelto a gobernar la izquierda. Yo trabajé durante dos años y medio en el ayuntamiento de un pueblo de la sierra madrileña donde los caciques campaban a sus anchas, y el increíble patrimonio natural del que disponen corría serio peligro de desaparecer en manos de sus desaforadas ansias de enriquecerse a costa de un urbanismo atroz.
Y cuando yo me di cuenta de que trabajaba para aquellos que gobernaban con leyes y moral opuesta a la que predico hubo una moción de censura que le dio el gobierno a una coalición de izquierdas. Los principios con los recién llegados fueron duros, porque a fuerza de obligarme a no significarme políticamente los recién llegados pensaron que era “una de los otros”, error que no quise enmendar en un principio, porque también estoy en contra de juzgar sin conocer ni preguntar, y esperaba que me dieran una oportunidad para ver y valorar cómo realizaba mi trabajo, y que no me mantuvieran porque les cayera mejor o peor.
Pero comenzamos a trabajar juntos y desde el punto de vista de realización personal, de motivación laboral y de ganas de trabajar fue el momento más emocionante y satisfactorio de mi vida. Yo no se si a alguno/a de vosotros/as os ha pasado, pero es grande sentirse así. Levantarte por la mañana creyendo sinceramente que las cosas pueden cambiar. Que se puede hacer algo para que la vida mejore, para que el pueblo crezca, ensanche, hasta que todo el mundo que lo desee quepa dentro.
Quizá lo que me hizo sentir bien fue que formaba parte de algo mucho mayor. Es como ver una máquina funcionando, y pensar que es un invento maravilloso, y meterte dentro de ella a ver cómo funciona y darte cuenta de que es aún mejor conocer los entresijos.
Hice amigos. Los suficientes como para que fueran los que me salvaron de morir asfixiada por una relación amorosa que me partió el alma en dos. Y lo pasamos muy bien. Jamás me he sentido tan a gusto hablando de política como en aquellos días. Las tertulias se alargaban, entre cervezas y tapas, y los madrugones eran menos terribles ante la esperanza de que los días fueran justo lo que queríamos que fueran.
El trabajo en obra, donde yo estaba, era duro. Pero la gente agradecía lo que hacía, y cuando tenía problemas siempre había alguien para intentar echarme un cable. Comía en el mejor bar de comida casera que hasta ahora he conocido, y aún hoy sueño con esas lentejas que hacían de los miércoles el mejor día de la semana.
Algún día hablaré de Nacho, porque él recuperó (de allá donde estuviera) mi autoestima, y me hizo ver que nada ni nadie puede eclipsar la luz que cada uno/a de nosotros/as llevamos dentro. Me amó sin condiciones, pero yo no pude. Quizá no teníamos que estar juntos. Quizá no fue el momento. No lo se, y tampoco importa, porque esté donde esté y haga lo que haga habrá encontrado su camino. Estoy segura.
Fuimos un grupo variopinto, hombre y mujeres, de todas las edades, en la que el entusiasmo se pegaba de unos a otros, motivándonos a mejorar en cada una de las cosas que hiciéramos.
No todo fue perfecto. Se tomaron muchas decisiones equivocadas, y se contó con gente que, a pesar de promulgar ideas progresistas lo único que buscaba era el lucro personal. Había que luchar contra los caciques expulsados, porque son de esa gente que jamás se da por vencida. Y lidiar con tensiones internas con aquellos que dieron el voto a los que gobernaban propiciando el cambio.
Y mientras mi vida emocional se derrumbaba aquello, que era sólo mío, que sacaba a la luz a "la Marta" que siempre he querido ser, crecía poco a poco, permitiéndome una vez más ensanchar mis fronteras, para poder vivir en una amplitud de conocimiento y comprensión que anhelaba desde tiempos universitarios.
Sin embargo aquello acabó de la manera que tenía que acabar. Una falta de confianza de los “concejales llave” volvió a dejar al partido de izquierdas sin apoyo, gobernando en minoría, hasta que las nuevas elecciones del 2003 dieron como resultado que una mujer retorcida y dañina fuera la nueva alcaldesa.
Se despidió a todo el personal del ayuntamiento que no era funcionario (con indemnizaciones millonarias a los trabajadores, la menda incluida, por ser improcedentes tras juicios donde las mentiras volaban de mano en mano) y se hizo la vida imposible a los que eran fijos, dando como resultado dos bajas por depresión y varias demandas. La policía local estaba en el ajo, y nunca fui tan consciente como entonces de lo lejos que se podía llegar con la corrupción, la mentira y las ansias de poder.
Me fui, y busqué trabajo en otro sitio.
Ese otoño perdí cosas que jamás olvidaré. De repente dejaba el trabajo y mi relación, dejando en el camino a amigos y amigas de ambos sitios a los que había dedicado todo mi tiempo y esperanzas. Por un lado la gente del pueblo. Por otro la panda del que me dejó. Todos parte de mí. En ambos grupos creí formar parte de un todo.
Me quedé como una cáscara de nuez. Vacía, pero aún flotando en la corriente sin saber donde iba.
Las cosas se arreglaron rápido, porque JB y un nuevo trabajo en el que mi amiga Marta cubrió casi todos los huecos (ella solita) que había dejado los que me faltaban repararon las heridas con tal rapidez que cuando me dolían ya no recordaba por qué era.
Pero mis amigos y amigas de hoy no se parecen a los de entonces. Ya no puedo dar mi opinión libremente como entonces sin que se me eche medio mundo encima. Ahora la crispación se ha adueñado tanto de la gente que me rodea que prefiero hablar de otras cosas antes que enmarañarme en discusiones que terminan cabreándome. Estoy rodeada de gente estrecha de miras (joder, no se puede decir que no vas al País Vasco porque sabes lo que hay o que a los catalanes había que echarlos de este planeta) y conservadora hasta más no poder.
Y echo tanto de menos a los de antes… Ayer justo tuve acceso a la página de la panda del grupo en el que una vez estuve y a las páginas de los partidos políticos que gobiernan donde trabajé. Y de repente todo volvió a mi cabeza. Las nostalgias suplantaron el recuerdo del reciente viaje y obligan a contar esto en este larguísimo post para poder así seguir mirando hacia delante y no quedarme parada delante del reflejo de un pasado que no siempre fue mejor, pero si algo importante…








Podría pasarme la vida haciendo pompas de jabón de colores..
elrincondeanita dijo
Pues es sencillo Marta, porque aunque tardes en aparecer por aquí, tus amigos vendrán a leerte, o a saludarte o ha decirte ánimo o darte un beso o decirte feliz vacaciones, o ¿como estás?, por eso Marta...
Un besito muy fuerte!!
9 Agosto 2007 | 02:52 PM