Ya es jueves. Las cosas se van calmando poco a poco, y mientras hago planes para el fin de semana pienso en todos esos sitios que hoy han amanecido cubiertos de nieve.

Y es que me gustaría poder escapar hoy a uno de esos claros que suele haber entre bosques tupidos, donde la nieve en lugar de caer reposa, donde el frío de estas mañanas de enero no es más que el preludio de las siestas de verano.

Jamás me ha gustado el invierno.

Soy una mujer del sur, de los alborotos, de los vestidos de colores, de carnes generosas que mostrar al sol, de batidos y helados, de risas junto al mar, de pajitas sobre cubatas y alpargatas de cuña.

Pero el invierno trae recuerdos que huelen a chocolate.
Me sentaría en ese claro en el bosque, a escuchar el silencio mágico que producen los copos al descansar sobre sus hermanos que han caído antes…
Y mientras miro las caprichosas formas sobre el forro de mi abrigo recordaría los baños con Eva y con papá, mientras las zapatillas de andar por casa de mamá vienen a mi mente con una claridad meridiana.

La nieve huele también al rebozado del pescado de los miércoles, a los cuentos de ir a la cama, y al champú que no pica a los ojos.

Aún recuerdo la nieve en Cercedilla, donde por esas cosas de la vida, teníamos la suerte de disfrutar los inviernos por gentileza del Banco de España. Un fin de semana sí y uno no íbamos para allá, a saborear el consabido consomé de los domingos, con paella y escalope (este último siempre acababa recalentado entre dos rebanadas de pan como bocadillo de cena junto a los Fraguel).

La nieve suena a las historias de papá, donde el lobo de Caperucita se afiliaba a Comisiones Obreras, y donde Luisito siempre era salvado por la valiente y aventurera Martita, en dulces intentos porque las retoñas de la casa entendieran lo que es la igualdad entre hombres y mujeres.

Suena a escarcha aplastada con las katiuscas a primera hora de la mañana.

Sabe a bizcocho, que mamá nunca volvió a hacer desde que nos fuimos del chalet.

A besos, a Norte y Sur visto en la tele del cuarto de papás a escondidas, a abrazos y riñas de mamá a partes desiguales (siempre ganaban los abrazos).

Duele como los sabañones del mes de febrero, en que, antes de coger la Ruta, Eva y yo nos cargábamos de pedazos enormes de hielo para jugar a intentar modelarlos con el calor de nuestras manos. (!)

El invierno fuera de la ciudad es un milagro similar al resto de las estaciones.

Pero es, para mí, el recuerdo de las cosas que no volverán, pero que me acompañan en el camino calentando esos rincones fríos y oscuros que a veces descubro cuando se me olvida poner la calefacción de la felicidad actual…