Vaya asco de mes de agosto. Todo me estaba saliendo mal. Y encima ese día había conseguido discutir con todo el mundo. Para rematar la jugada…
Así que decidí que era un momento como cualquier otro para salir a dar un paseo nocturno y reconciliarme con el mundo, porque a ese paso que iba veía que no llegaba con ganas al mes de septiembre.
Mientras conducía no pensaba a dónde ir, sino que intentaba sacarme fuera del cuerpo esas sensaciones horrendas de incomprensión, impotencia, frustración que me dominan cuando las cosas escapan de mi control. Pensaba que quizá era yo la insoportable. No se puede discutir con cuatro personas el mismo día y no tener parte de culpa, ¿no?
Así que encendí la radio y me puse a escuchar música mientras me dejaba llevar.
Como estas cosas son mucho menos fantásticas en la realidad que en los libros no alcancé ningún paraje maravilloso ni especial. Simplemente llegué al embalse de Valdecañas. El que estaba al ladito del pueblo.

La luna estaba preciosa, enorme, pero daba casi aprensión. Era un atípico 17 de agosto, con frío y aroma de lluvia, que presagiaba el otoño que inexorablemente vendría detrás…
Pensaba que el embalse no me gustaba nada de noche. Durante el día brillaba alegre bajos los rayos de sol, pero en la noche, con nadie alrededor recordaba a los pantanos de las leyendas. El silencio era absoluto. Ni pájaros ni grillos, quizá por la noche cerrada y el frío a destiempo...
Decidí cruzar el puente que llevaba de una orilla del embalse a otra, y en ese momento mis pensamientos volaron al abuelo de la Covacha, desaparecido hacía ocho años, y de quien nadie había vuelto a saber nada.
Se decía que el abuelo tenía más de 1000 ovejas, muy codiciadas en el pueblo, y que hartos de no heredar, alguno de sus parientes lo había atado a una roca y lo había lanzado al agua del embalse…
Qué tontería, pensé. Son cosas de los pueblos…
Y todo para dar un susto de muerte a la tía Florencia, que el domingo anterior me desveló en susurros que ese año alguien le había mandado una felicitación navideña deseándole las Pascuas… “por última vez”.
Conteniendo la sonrisa le pregunté quién firmaba la felicitación, y ella muy compungida me dijo que sólo habían añadido en la solapa del remite “Mil cabezas de ganado”.
En esas cosas estaba yo mientras avanzaba y le daba vueltas a quien podría gastar una broma tan macabra a la tía, y de repente lo oí.
Estaban sonando.
No conseguí identificar el sonido… En un intento de concentrarme para averiguarlo miré hacia abajo justo en el momento en que estaba pasando por la mitad del puente.
Vi la luna reflejada en el agua…
Y de repente todo el vello de mi nuca se erizó. No podía creer lo que estaba viendo. ¡Había un pueblo debajo del agua! Recordé de forma repentina las historias que hablaban de Talavera la Vieja, el pueblo sepultado por las aguas del embalse.
Del que se decía que no dió tiempo a reubicar a sus muertos, que quedaron para siempre sepultados bajo el agua.
Y de repente ahí estaba. Nítido como sólo podía estarlo en sueños. Fijé la vista y el espanto se apoderó de mí. Lo veía todo con absoluta claridad. Hasta la fuente de la plaza estaba en su sitio…
Y ese sonido.
Y las vi. Estaban sonando las campanas de la Iglesia. Doblando a muerto. Moviéndose bajo el agua.

Aquello fue superior a mí. Salí corriendo al coche y sin mirar atrás, porque eso sólo se hace en las películas, volví al pueblo. La radio tronaba dentro de mi R5, porque no quería pensar. Sabía que todo era producto de mi imaginación, pero no sabía por qué motivo me pasaba eso en ese momento…
Respiré profundamente antes de bajar del coche y saludar a Carlos. Y vi su cara.
Me dijo que nos teníamos que ir hacia el tanatorio de Navalmoral de la Mata.
La Tía Florencia había muerto hacía menos de una hora.