La verdad es que con eso de que estamos en pleno periodo vacacional y que la gente anda tan animada con sus viajes, a mí no me queda más remedio que hablar de experiencias pasadas, puesto que este verano no va a haber mucho que contar...
Estaba acordándome ahora, después de leer varios artículos dedicados al fin del mundial, de la final más memorable que he visto (y probablemente veré) en mi vida.
Ya os sabéis un poquito más la historia de Laura, ¿no?. Pues con ella fue con la que decidí irme con dos duros en los bolsillos a recorrer tierras infieles en las que se habla el idioma que tanto le gusta a Fanfri, inglis pitinglis, vamos...
Para más datos escogimos el país de Gales. O sea, que allá que íbamos Lauri y yo felices como perdices recorriendo campos del Parque Nacional de Brecon Beacons (aún hoy no sé cómo llegamos hasta allí, porque el dichoso parque Nacional está en medio de ninguna parte y sólo cogíamos trenes y autobuses, con un nivel de idioma que superaba cualquier nivel de entendimiento de los galeses).
Todo esto fue en el año 1998, en el que también había Mundial, pero nosotras ni idea, inmersas como estábamos en nuestro recorrido cultural.
En esas estábamos la mañana de nuestro día triunfal, cargadas con nuestras mochilas de senderistas dispuestas a recorrernos el parque de cabo a rabo. Nos pertrechamos con ropa de abrigo, nuestro hornillo para hacernos un té caliente y un par de sandwiches. Hale! Listas para la batalla. Abandonamos felices y contentas nuestras calientes camitas en el Albergue de turno.

Y de repente el cielo se abre sobre nuestras cabezas y comienza el Diluvio Universal.
Alguna de las frases que se pudieron oir en esos momentos fueron:

¡Santo Cielo! ¿Qué es esto? Bueno, que no cunda el pánico, llevamos capas anti lluvia... ¿Y qué? Si estamos flotando sobre millones de litros de agua, ¿para qué leche queremos las capas? ¿pero qué forma de llover es esta? Jodeeeer Marta, ¿por qué hemos venido aquí? ¿Guat de jel ar ui duin?



(Porque en momentos así juras en inglés, arameo y demás idiomas que tengas a tu alcance...
Total, que corriendo como dos posesas nos fuimos de vuelta al Albergue para descubrir que ESTABA CERRADO.
Ok, Laura. Vamos a morir aquí, y lo peor es que no nos van a repatriar porque nadie sabe donde carajo estamos...
Pero de repente divisamos un pequeño refugio al lado de la carretera que parecía puesto allí por algún ángel de la Guardia que protegiera a Laura (porque yo creo que, por atea, de esos no tengo) y allá que fuimos a refugiarnos. Nos quedamos sin gas en el hornillo, un frío de narices, caladas hasta los huesos, sin comida y con el infierno desatado fuera...
Vaya panorama. Y en eso que Laura intenta bromear pensando en la posibilidad de que nos encontráramos encima con alguna visita indeseable...
JAja. ¡Pues llaman a la puerta!
QUÉÉÉÉÉ?????


Ostras... Ahora sí que de ésta no salimos...



Y el pobre Trevor (luego supimos que se llamaba así)abre la puerta y descubre a dos locas españolas a punto de llorar, peladas de frío, resignadas a la muerte, y mirando a la pared en ese tonto intento de los cobardes de "si no le veo no existe".
Menos mal que nuestro salvador galés resultó ser un alma caritativa y se volvió con su madre cuando llenó el depósito del coche (pues llamaba a la puerta porque se había quedado sin gasolina en la tromba de agua) a rescatarnos, aunque fuera en contra de nuestra voluntad.
A la vista de la calida matrona nos pusimos en sus manos, y en media hora estábamos tomando sopa caliente en una casa preciosa con la ropa de la abuela puesta mientras la nustra se lavaba y la secaban con secadora...
Lo mejor de la aventura es que esa noche Trevor fue obligado por su madre (yo creo que él aún nos tomaba por locas) a llevarnos con sus amigos a ver la gloriosa final mundialista Francia-Brasil, en la que todos los galeses lucían con orgullo la camiseta carioca.
Perdimos, bebimos y nos sentimos dos grandes rescatadas.
A ver quien puede igualar eso...