Debido a los acontecimientos de los últimos días me he ido dejando cosas en el tintero relacionadas con este apasionante verano que aún perdura y de las que me apetecía dejar constancia.
Alguna vez he hablado de mi abuela, la única que me queda, madre de mi madre, y tocaya mía para gran orgullo mutuo.
Mi abuela es una gran mujer, pero precisamente por su condición humana tiene defectos que con la edad se han agravado.
Ella está estupendamente, disfruta de una salud de hierro, come con gusto y en abundancia, bebe más café que toda Colombia junta, y cambia de estados de ánimo con cierta frecuencia, a pesar de que, a diferencia de sus hijos, el buen rollo la domina más de lo que le conviene para intentar hacerse la víctima.
Son 82 años de carne olorosa, de abuela gorda feliz, de mujerona de antes.
Una de las peores cosas que llevo de ella es que ha alcanzado ese estatus de matriarca que ya no le hace apiadarse de los males de los demás, y por lo tanto no comprende a mi madre (que está bastante tocada de salud).
De similar manera ha cultivado una adoración por su nieta mayor (la menda) que ha ido en detrimento de mi estupenda hermana y de mi primo, lo que provoca que muchas veces yo los defienda (cuestión con la que no estoy demasiado de acuerdo, porque soy de las que piensan que las personas no tienen por qué defenderse de quienes aman y porque si tienen que hacerlo pueden solos) y que piense que es injusta.
Asimismo, y eso ya tiene que ver con el hecho de envejecer (camino que emprendemos todos) no llega a entender el divorcio de mi tío, que salga con mujeres diferentes ahora que está divorciado, que mi primo viaje solo con la novia a sus tiernos 18 años, que mi hermana (más joven) tenga retoños antes que yo, que mi madre no la invite a vivir con ella (a pesar de que se llevan bastante mal), que no nos vayamos de vacaciones todos juntos... Esas cosas que pasan en las mejores familias, vaya.
Pero, y hasta aquí las cosas malas, tengo que reconocer que aunque pesada, aunque reiterativa, la yaya Marta me hace reír.
Es tanta la vitalidad que tiene que no puede evitar contestarte al teléfono con una jovialidad que ya querría para sí la Beyoncé. Nos ha obligado a comprarla un móvil que, por supuesto, no sabe usar, y que deja en casa para que no se lo roben, a pesar de llevar una foto del aparatito en cuestión al Hogar del Jubilado para demostrar que está a la última. Nos la llevamos al cine de vez en cuando, y al salir de "Ocean´s thirteen" me reconoció que no se había enterado de mucho, pero que los protagonistas estaban muy requetebien (y que habría sido de ellos si ella los hubiera pillado de joven). No se echa novio porque dice que mi abuelo se removería en la tumba, pero creo que yo que el motivo real es que ¡los ve a todos muy viejos para ella! Y montones de cosas más que la hacen especial en si misma.
Y el día 21 de agosto fue su cumple. Aprovechando que yo estaba en un parón entre curro y curro la invité a que pasáramos la mañana juntas para hacer lo que decidiera. Y se le ocurrió una de esas cosas que han conseguido que se remuevan recuerdos, pasado y sentimientos... me dijo que fuéramos a buscar a su hermano.
Félix Caumel Martín nació el 30 de marzo de 1930 en Madrid, hermano menor de Marta e hijo esperado y deseado en una familia de clase media proveniente de Brunete que tuvo la mala suerte de identificarse con el bando republicano.
La guerra pasó sin mucha desgracia por su casa, a pesar de que las penurias, como en tantas casas, los pusieron desde muy pronto con los pies en la tierra. La abuela y su hermano fueron a colegios públicos de la Institución de Libre Enseñanza, dándoles a los dos la base de educación que no podrían ampliar más adelante.
El 18 de julio de 1947 Félix se fue a bañar al Río Jarama con unos amigos, aprovechando que era fiesta y no tenía que trabajar como aprendiz en el taller de carpintería donde le habían buscado un hueco. Salió escuchando los reproches de su padre, que decía que un día como ese no había que asomar la nariz fuera, porque no había nada que celebrar.
Nadie sabe qué paso en ese río, pero mi abuela recuerda que una llamada a última hora de la tarde de la Guardia Civil al único teléfono de Cerro Bermejo le cambió la vida para siempre.
Félix, sin alcanzar la mayoría de edad, rodeado de sus amigos, se había ahogado.
En aquel entonces los pobres no tenían derecho ni a ahogarse, porque no había dinero para enterrarlos. Mis bisabuelos preguntaron por los trámites para enterrarlo en la tumba perpetua que tenían contratada para ellos en la Almudena, pero se enteraron que había que pagar una cantidad determinada a cada una de las parroquias por las que pasara el cuerpo.
Era tal la cantidad que la única opción que quedó fue enterrarlo en el cementerio de San Fernando de Henares, pueblecito de Madrid donde antes no había problema para encontrar hueco, y donde tenían un espacio reservado a los ahogados, que no eran pocos.
Mi abuela se casó, pero siguió yendo con asiduidad a visitar la tumba de su hermano con sus padres, acompañada ya por su marido.
Pero mis bisabuelos fallecieron, siempre con el dolor de la pérdida de su único hijo, y mi abuela se quedó sólo con la familia que ella había creado.
Mi abuelo Aquilino siempre fue un hombre al que los cementerios impresionaban mucho y pronto le dijo a mi abuela que no tenía mucho sentido volver a San Fernando. Corría el año 1965.
Y nunca volvió.
Yo siempre la había escuchado hablar de su hermano, he visto fotos, sé su nombre y como murió. Pero nunca, hasta el pasado 21 de agosto pensé que podría seguir existiendo el lugar en donde lo perdieron.
Le dije a la yaya que si quería nos cogíamos el coche y nos íbamos a San Fernando, convencida de que no íbamos a encontrar nada, pero deseando que al volver allí la abuela pudiera quedarse más tranquila y pasar página con una historia que obviamente nunca olvidará. Me dijo que sí, y tras consultar dónde está el Cementerio Viejo nos fuimos directas.
Ya es emocionante estar en un sitio que no conoces de nada, que visitas por primera vez y sentir que hay algo de historia en él que te afecta directamente. Cuántas veces escuchamos relatos que pensamos que nunca nos tocarán, que no nos llegan...
La búsqueda entre las tumbas fue decepcionante, porque por un momento pensamos que podría estar ahí, que íbamos a verla, y que mi abuela podría saludar de forma figurada al que hace más de 60 años que no ve… El cementerio está abarrotado, pero no es lúgubre, porque a pesar de ocupar más sitio parece que las tumbas son algo más elegantes que los nichos… algo más parecido a descansar que a desaparecer.
Casi todo lo que alcanzábamos a ver (porque por el estado de abandono muchas lápidas no tenían caracteres reconocibles) era del año 1967 en adelante, y deduje que habrían exhumado el cuerpo en algún momento al no poder localizar a familiares...
Justo antes de irnos de vuelta a Madrid se me ocurrió ir a hacer una consulta al responsable municipal de mantenimiento de los cementerios, situado en el modernísimo cementerio-tanatorio nuevo a unos 2 kms del viejo.
La cara del amable señor al darle los datos de mi tío fue un poema. No sabía ni donde buscar, porque nos comentó que defunciones anteriores al año 1980 no estaban registradas en el ordenador.
Pero puesto que era agosto y que no teníamos que lamentar ningún hecho luctuoso ese día se prestó a bucear entre papeles amarillentos que olían a humedad. Nos repartimos el trabajo mientras mi abuela juraba que tenía que estar allí, que ella se acordaba ("justo al entrar a la derecha, pegadito a la puerta, con los pies mirando a ella") y que de ahí no habían podido moverle.
Primera pista: El cementerio fue ampliado en los años 60 y la puerta por la que se entraba antes no es la actual, por lo que habíamos estado mirando en el lugar equivocado.
Segunda pista: Las tumbas de personas enterradas solas (no familias) y en tierra no se habían tocado.
Tercera pista: Había un inventario de tumbas del año 82 en las que aún se leían nombres y fechas hoy ilegibles.
Y ahí estaba. Tumba 123 del lado derecho.
Nos acompañó de nuevo al cementerio viejo, y tomé esta foto.
Y después de todo este rollo, viendo las fotos, recordando la emoción de la abuela, la mía, la magia del momento, la posibilidad de hablar de alguien que vivió sólo 17 años 60 años después... no me salen más palabras.
Te lo dedico, yaya.